
Por Antonio Adsuar
Dr. en filosofía
Habitamos una era obsesionada por lo visual.
Una foto, una foto hoy lo es todo.
Ardemos por cazar constantemente nuevas instantáneas fugaces.
Y, por supuesto, todas esas imágenes deben ser bellas.
Belleza, divino tesoro.

¿A qué nos condena esta obsesión por lo bello?
Porque la belleza, si la perseguimos de forma compulsiva, nos puede arrastrar hacia el abismo.
¿Es la belleza un don o una condena?
No en vano, el filósofo Sócrates afirmó que aceptar el imperio de la hermosura nos conduce a vivir al servicio de “una breve tiranía”.
¿Cómo se relaciona la moda con lo precioso, con lo perfecto, con lo bello-bello?

La moda, obviamente, nos promete, meliflua ella, que nos entregará lo bello.
Ese vestido, ese complemento, me transmuta, me vuelve atractiva, me sublima.
Sin embargo, si la moda nos dicta y nos impone “su belleza”, ¿dónde queda la diversidad, las bellezas múltiples de los cuerpos reales y los sentimientos estéticos de cada uno de nosotros?

A mi modo de ver, hemos de porfiar por alumbrar “otra moda”.
Una moda abierta, que no nos sumerja en la obsesión de lo “bello-único-perfecto”, debería ser una moda plural y libre.
Demandemos una moda limpia, psicológicamente equilibrada, que sepa ofrecernos muchas bellezas, alejándonos de los brazos de Narciso.


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