Categoría: Psicología de la moda

  • Nietzsche y la Diosa moda

    Nietzsche y la Diosa moda

    Tiempo de lectura: 3 min.

    ¿Cómo vestía el demoledor filósofo alemán Friedrich Nietzsche?

    Sería interesante investigar la indumentaria de este pensador radical.

    No obstante, en la micro-cápsula de hoy vamos a analizar cómo sus martillazos dialécticos cambiaron la moda para siempre.

    Nietzsche, aunque en apariencia no fuera muy activo, destruyó muchas cosas.

    Uno de sus logros más colosales es inigualable: Nietzsche mató a Dios, asesinó al padre.

    El hombre quedó solo en el mundo, radicalmente libre y desamparado.

    Extraviada la religión, con sus certezas sanadoras, la gente buscó desesperada dar nuevos sentidos a la existencia.

    El capitalismo y el arte acudieron a un rescate parcial, trataron de transmitir energía a lo seres humanos de principios del siglo XX.

    La industria de la moda, una de las más artísticas, no dudó en transmutar sus energías estéticas en fuerzas neo-religiosas.

    La prenda, a través de las excelencias del arte, devino un objeto sacro.

    Ya lo confirmamos en esta reciente micro-cápsula.

    La indumentaria se apropió de una narrativa fulgurante, dando sentido a la vida de aquellos que la lucían.

    A través de la moda, al ponernos esa gabardina de Barbour,los hombres nos volvimos dioses efímeros.

    Ese foulard de Louis Vuitton no adorna tu cuello, te transmite el carisma de la marca y te vuelve inmortal por un instante.

    Si Dios ha muerto, tú eres el nuevo Dios.

    Las marcas tienen como nuevo objetivo “reencantar el mundo”.

    El capitalismo es ahora su propio mito (Baudrillard).

    La prenda, como ya os confirmamos en este blog de Ola moda, es una frontera, un fetiche embrujado que permite a los simples mortales volverse divinos.

    Esos objetos textiles tan bellos son en realidad instrumentos mágicos.

    Cuando llevas a cabo el ritual de enfundarte en ellos cada mañana, cuando tocan tu piel, lo material se vuelve gloria, lo inmanente pasa a ser metafísico.

    Nietzche golpeó a Dios en la cabeza con su homicida máquina de escribir.

    Nos quedamos solos.

    Entonces, huérfanos, buscamos en la moda la fuerza telúrica que nos convierta en nuestro nuevo ídolo.

    Ese jersey, ese perfume, te lleva a ser apolo.

    Ese es el poder sacrosanto de la moda.

    Nietzsche mató a Dios y el hombre, a través de la moda, devino su propio ídolo

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  • Moda y banalidad

    Moda y banalidad

    Tiempo de lectura: 3 min.

    Por Antonio Adsuar

    La moda es pura frivolidad.

    Aquellos que se preocupan por la moda demuestran ser seres vacíos, que prestan demasiada atención a su apariencia, a la estética.

    ¿De verdad en un mundo repleto de guerras es ético dedicarse a perder el tiempo eligiendo tejidos y colores?

    La moda, a decir de muchos, es completamente banal.

    Lo banal es trivial, fútil, nimio, insustancial.

    La conclusión es evidente: la moda es radicalmente antiética y por lo tanto debe ser despreciada.

    No.

    Pasemos a rebatir estas opiniones tan comunes como equivocadas.

    En primer lugar, la moda nunca va a dejar de existir.

    Los seres humanos van a seguir vistiéndose.

    Así las cosas, la opciones disponibles no pasan por elegir entre “moda sí” o “moda no”.

    Necesitamos una buena moda, una moda sostenible, consciente y con propósito.

    Rechazar la moda de plano nos llevará a obviar el problema y, de esta manera, a agravar la situación.

    Necesitamos una moda ética, no contaminante, que no se base en la explotación laboral de los más débiles.

    Añadamos una consideración más, absolutamente vital.

    El ser humano ha de aspirar a vivir en la belleza, por terrible que sea el neo-mundo que nos asalta cada día.

    Los editores de la feria del libro infantil que se está celebrando actualmente en la italiana Bolonia se preguntan: ¿tiene sentido seguir creando microcosmos de felicidad mediante libros delicados mientras millones de niños mueren, sepultados en bombardeos o presa del hambre?

    La respuesta es un rotundo sí.

    Debemos, por todos los medios y con esperanza, seguir buscando el bien.

    A través de los libros infantiles y también de los libros-libros.

    Y, por supuesto, además e incluso, hemos de aspirar a la bondad y a la belleza que solo nos puede traer la buena moda, una moda buena.

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  • Moda y subconsciente

    Moda y subconsciente

    Tiempo de lectura: 3 min.

    Por Antonio Adsuar

    «Nosotros, los que conocemos, somos desconocidos para nosotros mismos… nunca nos hemos buscado», sentenció Nietzsche una tarde de otoño no especialmente fría.

    Otra mente brillante, producto del poliédrico y decisivo siglo XIX, ahondó en esta intuición seminal.

    Sigmund Freud, el padre del psicoanálisis, nos obligó a enfrentarnos a una verdad muy incómoda: no sabemos por qué tomamos la mayoría de nuestras decisiones.

    Una amalgama informe y muy poderosa de deseos, pulsiones y recuerdos se agolpan en nuestras mentes, tratando de asaltar a nuestro yo en cada momento para que los obedezcamos.

    En nuestra psique suceden muchas cosas de las que no nos percatamos.

    Entonces, si no conocemos realmente el motivo de nuestras acciones: ¿quiénes somos?, ¿comprendemos realmente por qué hacemos lo que hacemos?

    Concretemos estas interesantes e inquietantes premisas básicas para pensarnos en relación a nuestros actos-moda.

    ¿Por qué compro la ropa que compro?

    ¿Por qué me gusta llevar la indumentaria que luzco?

    ¿Qué me impulsa a optar tantas veces por el naranja?

    Siguiendo al hipercitado Simmel, nuestro inconsciente nos empuja a satisfacer dos necesidades psicológicas básicas:

    Queremos encajar en el grupo y, por lo tanto, vestir igual que los demás…

    Pero…

    -También nos deleitamos proyectando algo único, luciendo esa pieza excelsa que nos garantiza la distinción, que nos realza como individuos

    Vayamos concluyendo.

    Nietszche nos lo advirtió: hemos de buscarnos para entendernos.

    Reflexionemos sobre nuestros usos-moda para tomar decisiones más conscientes y poder, en definitiva, ser más libres.

    Así que ya sabéis, la próxima vez que, ufano, ignorante y ligero, ese amigo consuetudinario, gintonic en mano, en una mañana soleada de verano, os espete rotundo el habitual:

    -Eso son tonterías, yo me pongo lo que yo quiero, yo soy yo y no me fijo en modas ni sigo a nadie

    Habladle de nuestros amigos Sigmund, Friedrich y de Georg Simmel.

    Y mostradle, por favor, el ubicuo dibujo del iceberg.

    Tal vez no lo hagáis en vano.

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  • El dandismo como leitmotiv

    El dandismo como leitmotiv

    Tiempo de lectura: 3 min.

    Por Antonio Adsuar

    ¿Qué da sentido a mi existencia?, ¿por qué motivo estoy vivo?, ¿a qué dedico mi tiempo?

    A esta pregunta radical los millones de hombres que han existido han tratado de dar las más diversas respuestas.

    Algunos creen que la clave de una existencia buena se puede encontrar en la dedicación a los demás, otros buscan el sentido en el placer, algunos se vuelcan en el cumplimento del deber.

    Vamos hoy a explorar brevemente una respuesta a esta enigmática y vital cuestión muy del gusto de los “fashionlovers”: se puede consagrar la vida a alcanzar y encarnar un ideal corporal y estético.

    Existen entre nosotros personas que ha encontrado su “leitmotif” en construir su apariencia, disfrutando tanto de la parte de este proceso que tiene que ver con el autocuidado y la autopercepción, como con la que tiene relación con la proyección de un “yo imaginado” hacia los demás.

    -¡Frívolos!, ¡Superficiales!, ¡Egoístas!

    Se escuchan los consabidos gritos vituperantes desde la bancada de los anti-moda.

    Los sabremos ignorar.

    Considero que el tipo psicológico que desarrolla un comportamiento como el descrito más arriba es de máximo interés.

    Su personalidad se caracteriza por la alegría, la “joie de vivre”, el carácter extrovertido, el amor al arte, a lo bello, a lo sutil y a lo excelente.

    Todos, a mi modo de ver, deberíamos frecuentar esta onda vital, al menos de tanto en tanto.

    ¿Sería justo que nos llamaran dandis?

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  • Decathlon y tu guerra

    Decathlon y tu guerra

    Tiempo de lectura: 3 min.

    Por Antonio Adsuar

    El viejo Sigmund Freud, en algún metaverso paralelo, sigue fumando un puro y reflexionando en un café de Viena.

    Sus ideas continúan iluminando nuestro presente, seguimos buscando señales de la acción del subconsciente sobre nuestra existencia.

    Nuestro mundo, el hoy que nos ha tocado vivir, nos asalta a través de las multipantallas en las que vivimos y nos sumerge en mil conflictos.

    Nos hemos instalado, Trump mediante, en un clima pre-bélico.

    La psique sufre, la amígdala se agita.

    ¿Qué reflejos sociológicos tienen sobre nuestra indumentaria estos espasmos-mundo que nos acucian?

    Queremos protegernos, debemos hacerlo, necesitamos hacerlo.

    Nos lo explicaba con eficacia F.Pizá en un reciente artículo de “El País”, centrado el auge del llamado “warcore”.

    En nuestras sociedades está proliferando un “look de soldado”.

    La ropa deviene técnica, funcional.

    El color negro impera, el verde va ganando terreno, reaparecen los tejidos y las paletas propias del camuflaje.

    Esta pulsión desatada, a mi modo de ver, refleja dos necesidades: por una parte queremos parecer preparados, transmitir competencia, y elevar así nuestro valor social percibido.

    Por otra parte, con nuestra estética, estamos advirtiendo al otro: “estoy alerta, si me agredes responderé con violencia y eficacia”.

    Si nos exponemos a las redes sociales, al telediario o a cualquier podcast de actualidad, inmediatamente nuestro mente se verá condicionada por tanta hostilidad e incertidumbre.

    El inconsciente freudiano nos torturará con mil peligros y buscaremos seguridad en una nueva estética, comprando nuevas prendas, pertrechándonos con un caparazón-moda que nos calme.

    Seamos francos: ese tejido técnico adquirido en Dectalhon, esos pantalones cargo con bolsillos para todo, no servirán de nada si se desata la Tercera Guerra Mundial.

    No obstante, te hacen sentirte mejor mientras te tomas una café en una terraza.

    Pero, ¿cuál es el precio que estás pagando, qué repercusión tiene toda esta operación psicológico-indumentaria para la sociedad en su conjunto?

    Al vestirte para la guerra, automática e imperceptiblemente, modificas tu actitud frente al mundo.

    Optas por descartar lo delicado, lo estético, lo bello, sacrificándolo todo a una funcionalidad ruda y espartana.

    En definitiva te aíslas, te alejas de los demás y sacrificas la empatía que genera convivencia, tolerancia y civilidad.

    El «warcore», de esta forma, nos conduce por desgracia a un mundo peor.

    ¿Querremos evitar caer en esta deriva auto-bélica?

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  • Living la moda loca: moda y locura

    Living la moda loca: moda y locura

    Tiempo de lectura: 2 min.

    Por Antonio Adsuar

    ¿Qué es la locura, un frenesí?

    Casi siempre que citamos un texto es para decir que lo hemos amado.

    No es el caso; no disfruté de “Filosofía del vestido”, de Óscar Wilde.

    De todas formas, es tan breve que sí recomiendo visitarlo.

    He leído el texto de Óscar Wilde en este libro recopilatorio de Rita Rakosnik

    Encontré, eso sí, una frase sugerente del escritor inglés. Dice así: “la moda se basa en la locura”.

    La locura es la sinrazón y la moda, es evidente, tiene razones que el corazón no entiende.

    ¿Cómo sería una moda razonable?, seguramente bastante masculina.

    La “moda moda” necesita emoción para ser vibrante, pide ese punto de desequilibrio genial y excitante.

    La moda es por esencia atrevida, imprudente, sorprendente.

    ¿Qué tipo de locura pone en juego la moda?

    Si la moda es amor, es desde luego un “amour fou”.

    La locura de la moda es creativa, es caótica, es divertida, desordenada, por momentos excéntrica.

    La moda es rebelde y, por ende, lúdica.

    Celebremos sin dudar la loca locura de la moda, ¿quién querría perderse tanto lisérgico sentimiento?

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  • La moda, hermana del engaño

    La moda, hermana del engaño

    Tiempo de lectura: 2 min.

    Por Antonio Adsuar

    Aunque la mona se vista de seda, mona se queda»

    «El hábito no hace al monje»

    Los refranes populares lo señalan, la moda es acusada a cada instante.

    Frívola, superficial, vanidosa…¿alguien da más?

    La tradición filosófica de occidente, tan preocupada por la esencia, por el ser profundo de las cosas, también ha vilipendiado por siglos nuestro cosmos-moda.

    No obstante, esta mirada despreciativa no es justa ni completa.

    No todo es Platón, no todo es Aristóteles.

    La realidad no es pétrea e inmutable, ya lo proclamó Heráclito.

    La moda, con sus ciclos, recoge otra dimensión del mundo: todo cambia, nada es único ni eterno.

    La razón no lo es todo y la moda no miente al permitirnos experimentar, estetizar.

    ¿Acaso es la emoción menos real que la razón?

    Dejemos atrás el pensamiento simplista, no nos obsesionemos por las verdades ocultas del ser.

    La moda no es hermana del engaño, no ataquemos su belleza efímera, mutable.

    La moda es como la vida.

    ¿Aceptaremos el reto de Nietzsche y trataremos de disfrutarla en su cambiante y alegre excitación?

    La moda nos permite acercarnos con otra mirada al mundo, ¿despreciaremos lo bello por no ser totalmente real?

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  • Dior y Dios

    Dior y Dios

    Tiempo de lectura: 2 min.

    Por Antonio Adsuar

    “Soy mejor que tú”, “soy el elegido”.

    Desde la noche de los tiempos, los hombres han luchado en cada sociedad para situarse en lo alto de la jerarquía social.

    Los reyes medievales y Franco lo tenían claro: Dios les había conferido su carisma, la voluntad de un ser superior legitimaba su privilegiada posición.

    Con la crisis religiosa provocada por Lutero en el siglo XVI se dieron cambios clave en Europa.

    Según el protestantismo luterano estamos predestinados a salvarnos, Dios decide de antemano quién va al cielo.

    ¿Cómo demostrar a los demás que “soy yo”, que el dedo supremo me ha señalado?

    La Europa de antaño, como analizó acertadamente Max Weber en “La ética protestante y el capitalismo”, encontró una respuesta aún actual: si tienes éxito económico eso quiere decir que eres especial, que Dios te quiere.

    Pero, ¿y qué tiene que ver todo esto con el modisto francés Christian Dior?

    Difuminadas las energías religiosas, el hipercapitalismo y la sociedad del consumo han transferido el poder carismático de Dios a las marcas.

    Audi, Cartier: ellas son las que detentan actualmente el capital simbólico.

    A cambio de dinero te otorgan legitimidad: esa pieza de Dior, excelente, deslumbrante, inalcanzable para casi todos, es la que te identifica como “the one”.

    Dios es hoy Dior.

    Llevar un Dior te convierte en un ser brillante y deja claro a los demás que eres diferente, mejor que ellos.

    La marcas de lujo son en el siglo XXI los oráculos que desvelan la manifestación de las fuerzas telúricas que permiten a unos pocos situarse en lo más alto.

    Hoy Dios es Dior: las marcas ostentan el carisma que transmiten a los elegidos

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  • ¿Quién teme a los encapuchados digitales?

    ¿Quién teme a los encapuchados digitales?

    Tiempo de lectura: 4 min.

    Por Antonio Adsuar

    Dr. en filosofía política

    Sudadera con capucha.

    Sudadera con capucha.

    Sudadera con capucha.

    Hace tiempo que podemos observar la proliferación de esta prenda; los profesores de secundaria podemos constatar cada día en las aulas su uso generalizado y persistente.

    “Capuchas everywhere”.

    Aunque la parte principal del binomio es la sudadera, lo sustantivo, lo interesante del tándem, es por supuesto la capucha, por su significado profundo y entidad mística.

    Las sudaderas con capucha se han extendido debido al reinado contemporáneo de una tendencia evidente en la moda actual: el “athleisure”.

    El nacimiento de este nuevo vocablo, fruto de la unión de las palabras “athletic” y “leisure”, nos indica que esta nueva forma de vestir se basa en el uso frecuente, diario y consuetudinario de la ropa deportiva.

    Ya no está mal visto ir en chándal por la vida, los otrora informales vaqueros han quedado como una prenda quasi de “media etiqueta”.

    Avancemos y centrémonos ahora en la capucha.

    Sin duda este complemento vestimentario tuvo su momento de gloria en la Edad Media.

    Esta época obscura, nacida de la anarquía en que cayó el cosmos humano tras la caída de la imperial y juiciosa Roma, se caracterizó por ser una etapa peligrosa, dominada por el miedo.

    En este gris contexto feudal las personas buscaban ocultarse. Los campesinos, temerosos, usaron la capucha con profusión.

    También la frecuentaron los monjes y demás religiosos, que la utilizaron para enfatizar su humildad, su sometimiento a Dios.

    La capucha nos esconde, nos recoge sobre nosotros mismo, nos hace pequeños y anónimos, ya que eludimos mostrar el rostro, ese espejo del alma.

    Estos reflejos psicológico-sociales medievales han sido reinterpretados por nuestra postmodernidad tardía de finales del siglo XX y principios de este sufrido e incierto siglo XXI que nos ha tocado vivir, Trump mediante.

    La capucha hoy nos evoca rebeldía, juventud, protesta y moda urbana.

    Pesemos por ejemplo en la negra capucha que cubre a los miembros del colectivo “anonymus”, uniformados y pertrechados de su inevitable máscara de Guy Fawkes.

    No queremos sin embargo quedarnos únicamente en los síntomas, lo crucial sería tratar de llevar nuestra reflexión más allá.

    Nuestro objetivo en este blog de “Ola moda” es analizar el uso de las prendas de manera más profunda.

    Por lo tanto, debemos preguntarnos: ¿por qué vuelve la capucha ahora, en 2025?

    A nuestro modo de ver, uno de los motivos principales de este retorno, del neo-uso de esta particular indumentaria ocultatoria, es el cansancio digital.

    En la era de las redes sociales, es casi una obligación mostrarse, exponerse a diario.

    Para obtener validación social, para seguir acumulando capital laboral, tengo que exponerme constantemente.

    El yo “no publicado”, “no instagrameado”, “no wasapeado “no existe.

    Digámoslo, de nuevo, con Berkeley: en el siglo XXI ser es ser percibido.

    Evidentemente, toda esta tendencia actual genera su lógica contrareacción.

    Sentimos más que nunca la necesidad de ocultarnos, de guarecernos, de proteger nuestra verdadera personalidad de tanta sobrexposición forzada.

    Esta deriva nos lleva a querer encapucharnos, a estar listos para protegernos y recogernos en cualquier instante.

    La capucha no esconde únicamente mi rostro, preserva mi verdadera identidad, blinda mi yo real y compensa el malestar psíquico que me genera el que la civilización-red me exija presencia constante.

    Hemos convertido la intimidad en un espectáculo, como ya predijo G.Debord.

    Nos vendemos pero en el fondo sabemos que ejecutamos un “performance” parcialmente dañino, moderadamente insincero.

    Por este motivo, aunque llevamos el «smartphone» siempre listo para perpetrar el siguiente “selfie”, nos gusta saber que, después de todo, en nuestra espalda descansa una capucha a la que podemos acudir para anularnos por un instante.

    La actual omnipresencia de la capucha es un síntoma claro del estrés psicológico-digital que sufrimos

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