Un nuevo espectáculo pugna por hacerse con tu pantalla.
Las guerras culturales contemporáneas siguen la lógica de un “what’s next” espasmódico, incesante.
Se organizan, sobre todo, a través de imágenes.
En su muy citado texto “La sociedad del espectáculo”, el galo Guy Debord nos brindó algunas pistas antropológicas cruciales.
El show no es una categoría parcial, es una forma de organización social total.
Alrededor del evento mágico se articula todo lo humano.
¿Cómo se relaciona la moda con esta lógica ineludible?
Las marcas tratan de dominar la conversación, de insertarse en el relato sirviéndose de sus prendas y complementos.
El imperativo de generación de imágenes continuas con las que Dior, Ferragamo, Yves Saint Laurent, Loewe y las demás invaden nuestra realidad-pantalla, se convierte una pesadilla propia de Sísifo.
Llegados a este punto, cabría preguntarse: ¿qué tipo de espectáculo es el predominante en nuestra sociedad actual?
Sin duda la respuesta es evidente: el deporte.
Cada día nos asalta la pregunta: ¿qué competición deportiva va a dominar la conversación los próximos días?
Pasado Roland Garros, las activaciones de marca han de colonizar el mundial de football 2026.
Cada enseña debe hacer un esfuerzo por asociarse a los neo-dioses del balompié.
Las casas de moda que los vistan se coronarán con ellos.
¿Qué marca será la campeona de mundo?: Adidas, Puma, Nike, también pelean por la gloria.
En nuestras curiosas sociedades-pantalla, moda, espectáculo y deporte se funden en un cosmos simbólico clave que da sentido al mundo fabuloso y reencantado del siglo XXI.
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“Y de la costilla que el Señor Dios tomó del hombre, hizo una mujer, y la trajo al hombre” (Génesis 2:21-22)
Hay frases breves pero contundentes que han marcado, para bien o para mal, la historia de la humanidad.
Según esta frase bíblica el hombre es claramente superior a la mujer, que deriva de él.
Dios así lo quiso.
Según esta mentalidad, los hombres y las mujeres son radical y consustancialmente diferentes.
¿Cómo refuerza la moda, cierta moda, estos roles de género?
Esta pregunta se podría responder de muchas maneras, analicemos una de las posibles contestaciones, veamos.
El hombre es la función mientras que la mujer es la forma.
Esta idea es más profunda de lo que parece y ha marcado el mundo-moda décadas y décadas.
Al hombre se le valora por aquello que hace.
Es el héroe, el cazador, el militar, el que tiene la fuerza.
Por este motivo el hombre tiende a vestir de manera uniforme, a llevar uniforme.
Pensemos en cualquier tienda de ropa actual y en cómo la oferta de indumentaria refuerza esta cosmo-visión.
La mujer, por el contrario, es valorada por su forma, por su aspecto, por su estética.
La mujer se adorna con pendientes y accesorios, se maquilla y basa su valor en lo que su apariencia dice de ella.
La moda de mujer debe ser por lo tanto más variada y más colorida, la mujer debe cuidar más su imagen porque esta define su supuesta esencia.
Evidentemente, desde nuestro proyecto-blog no defendemos en absoluto esta visión de los géneros.
Sin embargo, sí consideramos muy interesante señalar que esta dicotomía hombre/función vs mujer/forma, sigue arraigada en los estratos más profundos de muchas propuestas-moda actuales.
¿Seguiremos aceptando que así sea?
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«Nosotros, los que conocemos, somos desconocidos para nosotros mismos… nunca nos hemos buscado», sentenció Nietzsche una tarde de otoño no especialmente fría.
Otra mente brillante, producto del poliédrico y decisivo siglo XIX, ahondó en esta intuición seminal.
Sigmund Freud, el padre del psicoanálisis, nos obligó a enfrentarnos a una verdad muy incómoda: no sabemos por qué tomamos la mayoría de nuestras decisiones.
Una amalgama informe y muy poderosa de deseos, pulsiones y recuerdos se agolpan en nuestras mentes, tratando de asaltar a nuestro yo en cada momento para que los obedezcamos.
En nuestra psique suceden muchas cosas de las que no nos percatamos.
Entonces, si no conocemos realmente el motivo de nuestras acciones: ¿quiénes somos?, ¿comprendemos realmente por qué hacemos lo que hacemos?
Concretemos estas interesantes e inquietantes premisas básicas para pensarnos en relación a nuestros actos-moda.
¿Por qué compro la ropa que compro?
¿Por qué me gusta llevar la indumentaria que luzco?
¿Qué me impulsa a optar tantas veces por el naranja?
Siguiendo al hipercitado Simmel, nuestro inconsciente nos empuja a satisfacer dos necesidades psicológicas básicas:
–Queremos encajar en el grupo y, por lo tanto, vestir igual que los demás…
Pero…
-También nos deleitamos proyectando algo único, luciendo esa pieza excelsa que nos garantiza la distinción, que nos realza como individuos
Vayamos concluyendo.
Nietszche nos lo advirtió: hemos de buscarnos para entendernos.
Reflexionemos sobre nuestros usos-moda para tomar decisiones más conscientes y poder, en definitiva, ser más libres.
Así que ya sabéis, la próxima vez que, ufano, ignorante y ligero, ese amigo consuetudinario, gintonic en mano, en una mañana soleada de verano, os espete rotundo el habitual:
-Eso son tonterías, yo me pongo lo que yo quiero, yo soy yo y no me fijo en modas ni sigo a nadie
Habladle de nuestros amigos Sigmund, Friedrich y de Georg Simmel.
Y mostradle, por favor, el ubicuo dibujo del iceberg.
Tal vez no lo hagáis en vano.
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¿Cómo muestra la moda las mutaciones sociológicas radicales?, ¿como refleja la evolución de la indumentaria el mundo desordenado hacia el que avanzamos?
En las épocas clásicas, como explicó G.Simmel, la masa, la gente de abajo, los humildes, imitaban sin cesar y con tesón a las élites, a los ricos y poderosos.
Esta pulsión emulativa era uno de los más poderosos motores de la moda, ya que los grupos selectos dejaban atrás las prendas y las costumbres que les procuraban su distinción cuando percibían que el resto de las clases sociales las adoptaban.
Se trataba de un juego estilístico del gato y el ratón.
¿Cuándo cambió esta dinámica? Posiblemente a finales del siglo XIX y principios del XX.
La Primera Guerra Mundial (1914-18) acabó definitivamente con “el mundo de ayer” que describió el trágico escritor S.Sweig.
Los ciudadanos comunes dejaron de profesar la admiración reverencial que habían sentido por siglos por las élites.
Los menos pudientes dejaron de necesitar imitar las indumentarias y las formas de imagen proyectadas por los acaudalados.
Todo se volvió más confuso y, cuando más avanzaba el siglo XX, el desorden-moda y la explosión y multiplicación de estilos se fueron imponiendo.
El “streetwear”, por ejemplo, un “core” nacido en las calles de los barrios más pobres de los Estados Unidos, empezó a ser adoptado por la alta sociedad.
De repente, un chico bien de la Universidad de Princeton quería imitar con su forma de vestir a un negro baloncestista del Bronx.
En nuestras sociedades está proliferando un “look de soldado”.
La ropa deviene técnica, funcional.
El color negro impera, el verde va ganando terreno, reaparecen los tejidos y las paletas propias del camuflaje.
Esta pulsión desatada, a mi modo de ver, refleja dos necesidades: por una parte queremos parecer preparados, transmitir competencia, y elevar así nuestro valor social percibido.
Por otra parte, con nuestra estética, estamos advirtiendo al otro: “estoy alerta, si me agredes responderé con violencia y eficacia”.
Si nos exponemos a las redes sociales, al telediario o a cualquier podcast de actualidad, inmediatamente nuestro mente se verá condicionada por tanta hostilidad e incertidumbre.
El inconsciente freudiano nos torturará con mil peligros y buscaremos seguridad en una nueva estética, comprando nuevas prendas, pertrechándonos con un caparazón-moda que nos calme.
Seamos francos: ese tejido técnico adquirido en Dectalhon, esos pantalones cargo con bolsillos para todo, no servirán de nada si se desata la Tercera Guerra Mundial.
No obstante, te hacen sentirte mejor mientras te tomas una café en una terraza.
Pero, ¿cuál es el precio que estás pagando, qué repercusión tiene toda esta operación psicológico-indumentaria para la sociedad en su conjunto?
Al vestirte para la guerra, automática e imperceptiblemente, modificas tu actitud frente al mundo.
Optas por descartar lo delicado, lo estético, lo bello, sacrificándolo todo a una funcionalidad ruda y espartana.
En definitiva te aíslas, te alejas de los demás y sacrificas la empatía que genera convivencia, tolerancia y civilidad.
El «warcore», de esta forma, nos conduce por desgracia a un mundo peor.
¿Querremos evitar caer en esta deriva auto-bélica?
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En la era del espectáculo, de la comunicación-meme y de la redes sociales, el poder debe cuidar enormemente las imágenes.
Nicolás Maduro, el presidente Venezolano, acaba de ser capturado hace apenas días por EEUU.
El globo al completo solo esperaba un cosa: la foto.
Por supuesto, en una civilización superficial e hiperacelerada, una imagen, esa imagen precisamente, valía más que mil palabras.
¿Cómo eligió la administración de Estados Unidos servirnos al reo en nuestras pantallas?.
En primer lugar, tengamos en cuenta el objetivo: debían mostrar a un ex-presidente caído, desprovisto de toda autoridad.
Cuando somos niños, cuando no mandamos ni sobre nosotros mismos, nos visten.
EEUU, con Maduro bajo su dominio y sin voluntad, se había ganado el derecho a vestir, cual infante inofensivo, al otrora dictador.
Caer, irse del poder, es hoy sobre todo perder el control sobre la propia imagen.
¿Qué prenda eligió Trump para su trofeo?: evidentemente escogió un chándal.
Nadie toma en serio a un señor con un chándal gris.
Enfundándolo en esta prenda deportiva, el imperio americano privó a Maduro del más mínimo atisbo de liderazgo.
Pero, un momento: ¿se obligó al preso a salir en la foto ataviado con ropa deportiva de cualquier marca?
Evidentemente no fue así.
Los americanos expusieron a Nicolás Maduro al mundo cubierto con una pieza de la marca Nike.
Nike. Cómo no.
Nike es la marca deportiva líder en el mundo y representa el poder universal de Norteamérica.
Además, el nombre de esta firma viene del griego “Νίκη”, que significa victoria.
Trump, al vestir con un chándal de Nike a Maduro, está dando un mensaje al mundo: hemos ganado y hemos impuesto al dictador Venezolano nuestra impronta.
Ahora es nuestro, es como un niño, nosotros lo vestimos de nuestra marca insignia, que representa nuestra hegemonía planetaria, nuestra primacía mundial.
La imagen que todos estábamos esperando, pese a su apariencia descuidada, comunica a la perfección el mensaje político que Trump ha deseado transmitir.
La “operación Maduro” ha brindado al mundo un ejemplo fascinante del uso de la indumentaria y la estética al servicio del poder.
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El reto es simple y enorme: definir la moda española, explicar qué es moda española.
En la micro-cápsula de hoy de este blog de “Ola moda” vamos a destilar algunas ideas clave vertidas en este propuesta-vídeo denominada «Coordenadas», relacionándolas con numerosas lecturas que hemos realizado entorno al gigante de “ModaEspaña”, la joya de la corona: Zara.
Adelante.
De nuevo (yo soy yo y mi circunstancia)debemos comenzar analizando el contexto español: tras la muerte de Franco en 1975 en nuestro país comenzaba a consolidarse una incipiente clase media, que conseguía trabajo en un sector servicios en auge.
Esta clase social emergente empezaba a tener dinero, pero no demasiado.
No obstante, al trabajar de cara al público, necesitaba vestir bien, correcto, decente, con estilo pero sin caer en el lujo y en el exceso.
Fue en este punto de la historia, fundamentalmente en los años 1980, cuando la moda española supo responder a esta nueva ola social de construcción de una «middle-class».
Numerosas empresas con diferentes propuestas de valor, se lanzaron al mercado a satisfacer esta neo-demanda.
Y lo hicieron teniendo algo en común: su carácter flexible, camaleónico, adaptativo y lábil.
La moda española no era nada concreto, no tenía el enorme peso reciente de una historia-moda centenaria como sucedía, por ejemplo, en Francia y en Italia.
Por ese motivo, supo ofrecer a una también creciente clase media mundial una moda globalizable y universal.
Y lo hizo, además, aunando una oferta caracterizada por un precio medio y medio bajo pero sin renunciar a la calidad.
Este fue el secreto de su éxito.
Nadie se adaptó tanto a la coyuntura mundial, nadie lo hizo mejor..
Para terminar esta micro-cápsula, analicemos muy brevemente el caso de Zara y observemos como es el perfecto ejemplo de la maniobra estilístico-empresarial justo arriba descrita.
Zara no te propone que te vistas “de Zara”, te ofrece vestirte “en Zara”.
El imperio de Inditex te permite vestirte bien y sintonizar con las últimas tendencias, copiando las mejores propuestas de los grandes diseñadores del momento.
Zara le devolvió el poder a la gente, puso al ciudadano común de nuevo en el centro de la moda planetaria.
Y lo hizo además añadiendo un elemento clave: su poderío logístico, su gran flexibilidad y adaptabilidad, que le permite renovar las prendas y complementos de sus tiendas cada pocas semanas.
¿Alguien da más?
Toca concluir: hemos demostrado en este sucinto texto que la moda española debe su potencia a una feliz combinación.
Hemos sabido aunar diseño, precio adecuado y, sobre todo, hemos sido lo suficientemente inteligentes para proponer una moda alegre, dúctil, que ha conectado con mucho éxito con el consumidor medio global.
Ahora toca seguir reinventándose, este es nuevo reto.
La moda española es esencialmente lábil y ha sabido conectar con las clases medias globales, alcanzando un éxito mundial
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Hace tiempo que podemos observar la proliferación de esta prenda; los profesores de secundaria podemos constatar cada día en las aulas su uso generalizado y persistente.
“Capuchas everywhere”.
Aunque la parte principal del binomio es la sudadera, lo sustantivo, lo interesante del tándem, es por supuesto la capucha, por su significado profundo y entidad mística.
Las sudaderas con capucha se han extendido debido al reinado contemporáneo de una tendencia evidente en la moda actual: el “athleisure”.
El nacimiento de este nuevo vocablo, fruto de la unión de las palabras “athletic” y “leisure”, nos indica que esta nueva forma de vestir se basa en el uso frecuente, diario y consuetudinario de la ropa deportiva.
Ya no está mal visto ir en chándal por la vida, los otrora informales vaqueros han quedado como una prenda quasi de “media etiqueta”.
Avancemos y centrémonos ahora en la capucha.
Sin duda este complemento vestimentario tuvo su momento de gloria en la Edad Media.
Esta época obscura, nacida de la anarquía en que cayó el cosmos humano tras la caída de la imperial y juiciosa Roma, se caracterizó por ser una etapa peligrosa, dominada por el miedo.
En este gris contexto feudal las personas buscaban ocultarse. Los campesinos, temerosos, usaron la capucha con profusión.
También la frecuentaron los monjes y demás religiosos, que la utilizaron para enfatizar su humildad, su sometimiento a Dios.
La capucha nos esconde, nos recoge sobre nosotros mismo, nos hace pequeños y anónimos, ya que eludimos mostrar el rostro, ese espejo del alma.
Estos reflejos psicológico-sociales medievales han sido reinterpretados por nuestra postmodernidad tardía de finales del siglo XX y principios de este sufrido e incierto siglo XXI que nos ha tocado vivir, Trump mediante.
La capucha hoy nos evoca rebeldía, juventud, protesta y moda urbana.
Pesemos por ejemplo en la negra capucha que cubre a los miembros del colectivo “anonymus”, uniformados y pertrechados de su inevitable máscara de Guy Fawkes.
No queremos sin embargo quedarnos únicamente en los síntomas, lo crucial sería tratar de llevar nuestra reflexión más allá.
Nuestro objetivo en este blog de “Ola moda” es analizar el uso de las prendas de manera más profunda.
Por lo tanto, debemos preguntarnos: ¿por qué vuelve la capucha ahora, en 2025?
A nuestro modo de ver, uno de los motivos principales de este retorno, del neo-uso de esta particular indumentaria ocultatoria, es el cansancio digital.
En la era de las redes sociales, es casi una obligación mostrarse, exponerse a diario.
Para obtener validación social, para seguir acumulando capital laboral, tengo que exponerme constantemente.
El yo “no publicado”, “no instagrameado”, “no wasapeado “no existe.
Digámoslo, de nuevo, con Berkeley: en el siglo XXI ser es ser percibido.
Evidentemente, toda esta tendencia actual genera su lógica contrareacción.
Sentimos más que nunca la necesidad de ocultarnos, de guarecernos, de proteger nuestra verdadera personalidad de tanta sobrexposición forzada.
Esta deriva nos lleva a querer encapucharnos, a estar listos para protegernos y recogernos en cualquier instante.
La capucha no esconde únicamente mi rostro, preserva mi verdadera identidad, blinda mi yo real y compensa el malestar psíquico que me genera el que la civilización-red me exija presencia constante.
Hemos convertido la intimidad en un espectáculo, como ya predijo G.Debord.
Nos vendemos pero en el fondo sabemos que ejecutamos un “performance” parcialmente dañino, moderadamente insincero.
Por este motivo, aunque llevamos el «smartphone» siempre listo para perpetrar el siguiente “selfie”, nos gusta saber que, después de todo, en nuestra espalda descansa una capucha a la que podemos acudir para anularnos por un instante.
La actual omnipresencia de la capucha es un síntoma claro del estrés psicológico-digital que sufrimos
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