
¿Es la moda arte?, muchos han debatido sobre esta cuestión.
La respuesta es, desde luego, sí.
La moda es muchas cosas, es industria, es diseño, es arquitectura, es comercio, es negocio, es una musa caprichosa que es todo lo que quiera ser.
Releyendo estos días “La estetización del mundo” de G. Lipovetsky y su cómplice J.Serroy, medito sobre las relaciones arte-moda-consumo en nuestra sociedad postmoderna.

A finales del siglo XIX y principios del XX, todo el mundo sentía que Nietzche había matado a Dios.
Muchos no lo querían creer, pero las energías religiosas del ser humano buscaban fuera de los credos tradicionales una forma de manifestarse.
Fue entonces cuando el arte se erigió en alternativa mágica, acudió en busca del hombre para darle un nuevo sentido a la vida.
Los más diversos objetos pasaron a cobrar significados trascendentales y las más bellas prendas se vieron imbuidas de un espíritu total.
Toda la nueva belleza y el sentido de estas propuestas se basaban en una apuesta decidida por la centralidad de la estética.

Andando el tiempo, este nuevo cosmos se vio potenciado, se expandió gracias al crecimiento económico.
En este contexto, en los años cincuenta del siglo XX, un fenómeno arranca en los Estados Unidos: la sociedad de consumo de masas deviene una realidad tangible.
Los publicistas utilizan con destreza el diseño y el arte para legitimar sus marcas, para construir narrativas que den significado y valor a sus productos.
La moda, por supuesto, se sitúan a la vanguardia de este movimiento.

La alta costura va perdiendo sentido, pero el carisma de los diseñadores se transfiere a un prêt-à-porter que seduce a la clase media.
Este nuevo paradigma artístico-publicitario comienza a ganar, de la mano de la aparición de la televisión, unos interesantes aliados: aparecen el espectáculo al servicio de la venta y la teatralización de los espacios de consumo.
Las prendas y complementos se insertan en arquitecturas majestuosas, que potencian su aura.
Recuerdo un Zara al que solía ir en Elche. Estaba, literalmente, en un antiguo teatro.
Allí, sobre el escenario, lucía en su rol protagonista, una gabardina.

La propuesta de valor era diáfana: tú puedes ser el artista, el actor excelso, el “main-character” de tu propia vida.
Solo necesitas la autoridad que te va a conferir ese «blazer» irresistible, que te trasmitirá el carisma que su diseño y su pulcritud estética le otorgan, potenciando por el poder performático del espacio de venta en el que se sitúa, magistralmente iluminado.
¿Qué ser humano podría resistirse a esta promesa, quién no querría transmutarse en Dios por un instante, simplemente enfundándose en estos bellos objetos sobrenaturales, estas prendas estetizadas que nos permiten abrazar lo sublime?
El arte se apropia del poder de lo sagrado y los objetos-moda devienen fetiches que nos transmiten carisma y nos convierten en dioses
Acabas de leer una micro-cápsula de Antonio Adsuar
Dr. en Filosofía y fundador de PensarlaModa.com
Blog Ola moda



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