Los refranes populares lo señalan, la moda es acusada a cada instante.
Frívola, superficial, vanidosa…¿alguien da más?
La tradición filosófica de occidente, tan preocupada por la esencia, por el ser profundo de las cosas, también ha vilipendiado por siglos nuestro cosmos-moda.
No obstante, esta mirada despreciativa no es justa ni completa.
No todo es Platón, no todo es Aristóteles.
La realidad no es pétrea e inmutable, ya lo proclamó Heráclito.
La moda, con sus ciclos, recoge otra dimensión del mundo: todo cambia, nada es único ni eterno.
La razón no lo es todo y la moda no miente al permitirnos experimentar, estetizar.
¿Acaso es la emoción menos real que la razón?
Dejemos atrás el pensamiento simplista, no nos obsesionemos por las verdades ocultas del ser.
La moda no es hermana del engaño, no ataquemos su belleza efímera, mutable.
La moda es como la vida.
¿Aceptaremos el reto de Nietzsche y trataremos de disfrutarla en su cambiante y alegre excitación?
La moda nos permite acercarnos con otra mirada al mundo, ¿despreciaremos lo bello por no ser totalmente real?
¿Te ha gustado el artículo?🌊solo clica y comparte🌊
Desde la noche de los tiempos, los hombres han luchado en cada sociedad para situarse en lo alto de la jerarquía social.
Los reyes medievales y Franco lo tenían claro: Dios les había conferido su carisma, la voluntad de un ser superior legitimaba su privilegiada posición.
Con la crisis religiosa provocada por Lutero en el siglo XVI se dieron cambios clave en Europa.
Según el protestantismo luterano estamos predestinados a salvarnos, Dios decide de antemano quién va al cielo.
¿Cómo demostrar a los demás que “soy yo”, que el dedo supremo me ha señalado?
La Europa de antaño, como analizó acertadamente Max Weber en “La ética protestante y el capitalismo”, encontró una respuesta aún actual: si tienes éxito económico eso quiere decir que eres especial, que Dios te quiere.
Pero, ¿y qué tiene que ver todo esto con el modisto francés Christian Dior?
Difuminadas las energías religiosas, el hipercapitalismo y la sociedad del consumo han transferido el poder carismático de Dios a las marcas.
Audi, Cartier: ellas son las que detentan actualmente el capital simbólico.
A cambio de dinero te otorgan legitimidad: esa pieza de Dior, excelente, deslumbrante, inalcanzable para casi todos, es la que te identifica como “the one”.
Dios es hoy Dior.
Llevar un Dior te convierte en un ser brillante y deja claro a los demás que eres diferente, mejor que ellos.
La marcas de lujo son en el siglo XXI los oráculos que desvelan la manifestación de las fuerzas telúricas que permiten a unos pocos situarse en lo más alto.
Hoy Dios es Dior: las marcas ostentan el carisma que transmiten a los elegidos
¿Te ha gustado el artículo?🌊solo clica y comparte🌊
¿Es la moda arte?, muchos han debatido sobre esta cuestión.
La respuesta es, desde luego, sí.
La moda es muchas cosas, es industria, es diseño, es arquitectura, es comercio, es negocio, es una musa caprichosa que es todo lo que quiera ser.
Releyendo estos días “La estetización del mundo” de G. Lipovetsky y su cómplice J.Serroy, medito sobre las relaciones arte-moda-consumo en nuestra sociedad postmoderna.
A finales del siglo XIX y principios del XX, todo el mundo sentía que Nietzche había matado a Dios.
Muchos no lo querían creer, pero las energías religiosas del ser humano buscaban fuera de los credos tradicionales una forma de manifestarse.
Fue entonces cuando el arte se erigió en alternativa mágica, acudió en busca del hombre para darle un nuevo sentido a la vida.
Los más diversos objetos pasaron a cobrar significados trascendentales y las más bellas prendas se vieron imbuidas de un espíritu total.
Toda la nueva belleza y el sentido de estas propuestas se basaban en una apuesta decidida por la centralidad de la estética.
Andando el tiempo, este nuevo cosmos se vio potenciado, se expandió gracias al crecimiento económico.
En este contexto, en los años cincuenta del siglo XX, un fenómeno arranca en los Estados Unidos: la sociedad de consumo de masas deviene una realidad tangible.
Los publicistas utilizan con destreza el diseño y el arte para legitimar sus marcas, para construir narrativas que den significado y valor a sus productos.
La moda, por supuesto, se sitúan a la vanguardia de este movimiento.
La alta costura va perdiendo sentido, pero el carisma de los diseñadores se transfiere a un prêt-à-porter que seduce a la clase media.
Este nuevo paradigma artístico-publicitario comienza a ganar, de la mano de la aparición de la televisión, unos interesantes aliados: aparecen el espectáculo al servicio de la venta y la teatralización de los espacios de consumo.
Las prendas y complementos se insertan en arquitecturas majestuosas, que potencian su aura.
Recuerdo un Zara al que solía ir en Elche. Estaba, literalmente, en un antiguo teatro.
Allí, sobre el escenario, lucía en su rol protagonista, una gabardina.
La propuesta de valor era diáfana: tú puedes ser el artista, el actor excelso, el “main-character” de tu propia vida.
Solo necesitas la autoridad que te va a conferir ese «blazer» irresistible, que te trasmitirá el carisma que su diseño y su pulcritud estética le otorgan, potenciando por el poder performático del espacio de venta en el que se sitúa, magistralmente iluminado.
¿Qué ser humano podría resistirse a esta promesa,quién no querría transmutarse en Dios por un instante, simplemente enfundándose en estos bellos objetos sobrenaturales, estas prendas estetizadas que nos permiten abrazar lo sublime?
El arte se apropia del poder de lo sagrado y los objetos-moda devienen fetiches que nos transmiten carisma y nos convierten en dioses
¿Te ha gustado el artículo?🌊solo clica y comparte🌊
Nadie pondría en duda su relevancia en la sociedades contemporáneas, todos somos extremadamente conscientes de su importancia.
Sin embargo, pocos son los que se han aventurado a relacionar moda y psicología, indumentaria y análisis de las psiques individuales y grupales.
Desde que el británico J.C. Flügel nos alertó de la estrecha vinculación de estos dos cosmos, el panorama ha cambiado.
Muchos más ciudadanos formados comprenden un hecho evidente: el acto de vestirnos nos define, cambia nuestra autopercepción a través de lo que pensamos que los demás piensan de nosotros al portar determinadas piezas de ropa.
Algo hemos avanzado.
No obstante, desde este blog de Ola moda nuestro objetivo es ir más allá, transcender este primer nivel de complejidad.
“In that mood”, hoy hemos venido a hablaros del pasado, de cómo la moda, a través de sus prendas, nos puede sumergir en épocas de antaño.
Los diversos atuendos, este es nuestro punto hoy, pueden devenir auténticas máquinas del tiempo.
La indumentaria nos ayuda a hacer realidad uno de los más profundos anhelos humanos: viajar a instantes pretéritos, desafiando las leyes espacio/temporales.
Como dijo Einstein, todo es relativo.
Me visto como en el pasado y me transmuto, me alejo de mi hoy.
Tejidos olvidados, estampados ancestrales y tipos de prendas carpetovetónicos, me llevan a un más allá lejano.
¿Cómo me siento en ese momento?: clásico, antiguo, elegante, diferente en definitiva.
Este mecanismo/viaje lo utiliza la industria de la moda constantemente: los 2000 siempre están aquí presentes, los sesenta nunca se fueron, los ochenta son tan anteriores como contemporáneos.
La moda es totalmente “everything, everywhere, all at once”.
Existen muchos otros usos sociales que hacen de la ropa una verdadera “máquina del tiempo”: fiestas de disfraces egipcios, mercados medievales, recreaciones romanas.
Me visto diferente y me convierto en pasado.
Mi psicología se activa, viajamos siglos atrás empujados por la fuerza que el grupo da a este “sueño colectivo” a través del uso de prendas vetustas.
Es tiempo de concluir esta micro-cápsula.
La moda nos muestra de nuevo su poder como vector de transformación psicológica.
A su vez, ha quedado manifiestamente clara su capacidad de alterar el tiempo social, de permitir a los hombres jugaracercándose a lo trascendente y posibilitando incluso ¡los viajes al pasado!
La moda nos muestra, una vez más, su radical complejidad, su poder inconmensurable.
Si no me creéis y pensáis que exagero, simplemente poneos el sombrero del abuelo.
¿Sois ahora los mismos en el espejo?
La moda nos teletransporta, a través del uso de prendas ancianas, a los pasados más remotos
¿Te ha gustado el artículo?🌊solo clica y comparte🌊
Es el cosmos-moda un universo complejo, que alumbra lo inesperado y genera paradojas.
Con casi toda seguridad el célebre filósofo Heráclito de Éfeso (nacido en el lejano 535 a.C.), de haber podido, hubiera llevado vaqueros.
El sabio heleno dejó para la posteridad una máxima universal y certera: todo fluye.
Y, desde luego, los vaqueros son sin duda la prenda más fluida, versátil, adaptable y camaleónica que existe.
Pero, ¿cómo nacieron los “jeans”? Veamos.
Heráclito aseveró grave: «No es posible bañarse dos veces en el mismo río»
En los incipientes Estados Unidos del siglo XIX, los rudos «cowboys» buscaban prendas de trabajo en extremo resistentes.
Alrededor de 1873, Levi Strauss encontró una forma de satisfacer sus utilitarias demandas.
Este empresario comenzó a fabricar unos funcionales y quasi irrompibles pantalones de lona, una tela fuerte que se usaba hasta ese momento para dar forma a velas o tiendas de campaña.
¿Quién iba a augurar en aquellos remotos momentos que esta severa y compacta pieza vestimentaria iba a acabar deviniendo la más estilosa, universal y multifacética de nuestro tiempo?
Los vaqueros muestran de manera diáfana el carácter mutable, sincrético y mágico de la moda.
Las tendencias son imprevisibles y la moda, musa insondable, ha transmutado a los vaqueros, generando mil y una variaciones del mismo tema.
Los «jeans» viven en infinitos cortes (de los consabidos «slim» o «regular», a los insospechados modelos “boyfriend” o “carpenter), innumerables tiros e incontables acabados(desgastados, “patchwork” y muchos más).
Es imposible abarcar el universo vaquero, aunque Heráclito habría seguramente elegido uno flexible y enigmático.
La moda fluye laberíntica y no se deja atrapar, haciendo del cambio y la mutación infinita su esencia más vitalista.
Los vaqueros, en definitiva, nos recuerdan cuán compleja es la naturaleza de la moda y cómo de impredecibles son sus insondables caminos.
La «paradoja vaquera» nos muestra un vez más el carácter contradictorio e inaprensible de la moda.
¿Te ha gustado el artículo?🌊solo clica y comparte🌊
Los directores creativos están quejosos. Los reemplazan sin piedad, las grandes casas no les dan tiempo para consolidar sus propuestas.
Están sufriendo, esto es evidente, uno de los fenómenos globales que en mayor medida marcan nuestra sociedad actual: la hiper-aceleración.
Nadie tiene paciencia, la industria-moda quiere resultados inmediatos.
Excelente texto, clave para alumbrar este post 😉
Nos apuntamos todos presurosos al último curso sobre intelegencia artificial para tratar de automatizar tareas y volvernos así más productivos.
Este estado de cosas nos sitúa frente a una gran paradoja: como el capitalismo exige crecimiento constante, todos tenemos que correr el doble simplemente para quedarnos en el mismo sitio.
Crecer, crecer, crecer, más rápido; hemos de cambiar más aceleradamente para ser más veloces.
La moda, como dijo G. Simmel, se caracteriza por ser cíclica, por fundamentarse radicalmente en el cambio.
Por este motivo es nuestro sector el que mejor se adapta a la imperante aceleración social.
La moda es puro Heráclito, fluye por esencia con determinación.
Si con Zara llegó la moda “fast”, Shein nos lleva al “ultra fast-fashion”; ¿qué será lo siguente?, ¿viveremos la llegada del paradigma “ultra-mega-fast”?
Toda esta desaforada deriva nos lleva como seres humanos a la alienación.
Necesitamos tener una relación más lenta y más sana con nuestra ropa, con nuestro autoimagen, con nuestro “yo proyectado”.
Si tratamos de seguir las ocho microtendencias mensuales pasaremos de un estilo al otro sin llegar a tener ninguno.
El constante cambio por el cambio nos lleva a la nada.
La industria nos acelera y se beneficia de ello.
Pero no culpemos a la moda de manera demasiado severa, solo es la punta de lanza de un sistema súper-productivo, basado en la búsqueda del máximo beneficio.
La indumentaria emociona, nos da vida, nos permite expresarnos.
La industria de la moda nos aporta cultura, arte, deleite estético y es fundamental económica y socialmente.
No obstante, desde este blog de “Ola moda” sí queremos proponer un nuevo equilibrio.
La excelencia empresarial, el milagro logístico y todas las hazañas de este industria tan genial han de ser puestas al servicio de una moda más sensata.
Comprar menos nos hará más libres.
El planeta tierra debe dejar de sufrir las consecuencias de nuestro híper-consumismo.
Todos nos beneficiaremos de una moda más pausada, que apueste por un crecimiento más moderado y sostenible y siga otorgando valor a un consumidor que podrá seguir disfrutando de aquello que hacemos posible: que sienta el placer de vestir.
La moda es puro Heráclito: ¿nos lleva el cambio por el cambio a la nada?
¿Te ha gustado el artículo?🌊solo clica y comparte🌊
Así reza, invariable, el enésimo post de Linkedin sobre estrategias de «branding» en el sector de moda.
Evidentemente, estoy de acuerdo.
No obstante, en mi opinión, se ha ido demasiado lejos, hemos caído en un error fundamental: creer que la imagen y el “storytelling” lo es todo.
Releyendo estos días el clásico ensayo de G.Debord “La sociedad del espectáculo”(un texto imprescindible de ¡1967!), comparto con él su diagnóstico fundamental: en una sociedad dominada por la imagen, el espectáculo ha opacado demasiado lo real, lo material.
Poner el acento en la estética, en el diseños de las prendas y complementos, ha conducido al sector a olvidar la importancia de lo material, de lo tangible, de lo artesano, de lo cercano, de lo producido en contexto de proximidad.
Tal vez esta tendencia sirva para explicar uno de los motivos radicales, estructurales, del sector del lujo.
Muchas “maisons” se han obsesionado con vender marca, imagen, ilusiones bellas pero en demasiadas ocasiones irreales.
Y el comprador, hastiado del ruido, se ha cansado de adquirir sueños rotos, espejismos.
Desde este blog de “Ola moda” defendemos un equilibrio entre palabra e imagen y una vuelta a lo humano, a lo lento.
Apostamos por un “ser” que acompañe al “parecer”.
La moda necesita “empalabrarse”, como dijo el antropólogo L.Duch.
Creo que muchas marcas ya han comprendido la necesidad de este giro.
En una era marcada por la emergencia climática y dominada por una absurda sobreproducción de prendas, apoyadas por una explosión inabarcable de imágenes, muchas empresas tratan de volver a la palabra.
Sin renunciar a la estética, a la imagen impactante, a la emoción del color y la forma, añadamos valor a nuestras propuestas indumentarias, dotemos a las prendas que ofrecemos de palabras y de una materialidad real que garantice su calidad.
Hemos de apostar por un nuevo equilibrio-moda entre «ser» y «parecer»
¿Te ha gustado el artículo?🌊solo clica y comparte🌊